Nada nuevo está escrito

Nada nuevo está escrito. Palabras viejas llenas de desesperanza. Desalentadoras, agónicas, muertas ante la desidia de un joven cuerpo que envuelve entre hilos un decrépito corazón. Llorando las últimas gotas del deseo sustancial, provocando el inevitable resbalón a su regreso. Sólo caer, nacido para caer. Un sino cuestionable y sin embargo asolado por la determinación del futuro escrito. Sin querer segunda oportunidad, sólo caer de nuevo, levantar, y recorrer los mismos pasos hasta el mismo charco acrecentado por propios efluvios. Disfrutando la propia marginación emocional, provocación a golpe de espuela y tesón. Disfrutando cada palmo de lo que un día fue el más grandioso logro jamás alcanzado. La esperanza de cada ser humano. La mayor de sus locuras. Lo que fue y sueñas cada minuto sonámbulo. Lo que se trata de olvidar a golpe de sustancia etílica y declive emocional. Lo que pudo ser verdad y al mentir el viento trabajó. Y disfrutas, como niño al traspasar la alambrera espinosa que le enfrenta a horribles fantasmas animales, con instinto, sin maldad, disfrutando cada perla de sudor que nace entre las estrías de tu frente. Y disfrutas, enjugando tus lágrimas entre algodón vacío que hace las veces de almohada. Y disfrutas, al ver pasar espectros memoriales recordando que cada paso dado desde el álgido momento de tu felicidad fue un computo de nefastos desastres, uno tras otros, como dominó dominado por el mayor ingenio del mal. Y disfrutas, mientras un neón resplandeciente bajo tu ventana refleja tu solitaria sombra bajo tu hastiado cuerpo. Y disfrutas, mientras serpenteando los escasos metros que te distancian de la puerta de la cocina, arrastras lo poco que queda de energía para llegar a media botella vacía de vodka, que no medio llena. Y disfrutas, al escupir tus palabras contra el viento, con fuerza absurda y poca credibilidad. Y disfrutas, al soñar sueños prohibidos por tu racionalidad narcótica en graznidos de perugrullo que algún día sonaron a discurso marxista. Y disfrutas, mientras la voz destrozada de Kurt atraviesa las pocas neuronas valientes que aguantaron la última batalla contra la ignorante lucidez. Y disfrutas, exhalando virutas de humo de tu solitaria boca, buscando un suicidio circunstancial, que temiblemente esperas entre años de plenitud solitaria. Y disfrutas los detalles antagónicos que el ego corrupto procura sonsacar en minutos de inexistencia maldita. Cada átomo corrompido disfruto a mi alrededor, como hojas de otoño, chispas en el viento. Disfrutas aniquilando cada vestigio de felicidad, encarcelada en pozos de ambición, sin una polea con cuerda. Procuras ahogar un pez en agua, con dos hilos y un pedazo de limón. Para cuando el placer ha decidido hacer el petate y no mirar atrás, las ojeras de desconsuelo alcanzan el ombligo, y la cara de impotencia es sólo una mueca para el divertido transeúnte. Un mimo bajo la nieve al que echar un puñado de calderilla para alegrar la tez de un niño caprichoso. Queda inhalar el humo de tu propia sesera ardiente en fatuo destino, sin coraza ni corcel, apenas un enjambre desorganizado de músculos descompuestos logrando mantener tambaleante un cuerpo ya muerto. Un olvido apuñalado dos veces menos veinticuatro, por los que creía sus aliados, por su propia sangre gestada tras suplicios de letanía incoherente, por su propio legado, que ahora ve marchar envuelto en júbilo, mientras las vísceras hacen su aparición entre las vetustas heridas expuestas a un sol incansable. Como disfruto. Un economista liberal gritando a su propio eco entre los centenares de metros de su solitaria propiedad no disfrutaría tanto. Ni un tuberculoso romántico dejando sus palomas volar no disfrutaría más. Ni un traicionado social apretando el gatillo de un resplandeciente trozo de metal con dirección directamente proporcional a su conducto de exasperación, dentro de los recónditos escondrijos de lo que un día pudo llamar su hogar, podría disfrutar más. Ni un ser alado que propicio la revolución más sonada de la historia celestial, con consecuencias testimoniosas, dando mucho en que pensar, podría disfrutar más. Nadie puede alcanzar el júbilo de placer que puedo lograr alcanzar mientras rezumo en mis propias palabras vacías, repletas de odio propio, de suplicio propio, de asco. Palabras vacías, nada más que eso para el resto de extasiados que rondan la creación. Solo eso. Escrito por manos nuevas bajo viejos sentimientos. Nada nuevo que contar. Nada que ya no se haya leído. Cero expresión lingüística que no hayas tenido el infortunio de contemplar entre otras líneas de papel. Nada nuevo que no se haya escrito.

Disturbios a las 11 de la noche

La autodeterminación del ser humano puede llegar a ser algo de lo más desconcertante. Uno procura, en su día a día, en su compendio de sucesos que llenan poco a poco el vacío de la razón, en la toma de cableados que normalmente detonan la bomba, en la escalera de sentimientos que raramente conduce al piso superior, ser el máximo exponente de uno mismo, ser feliz. Sin embargo, a lo largo de cada giro de rotación, te sientes embaucado, me siento incauto, por la propia mente que pretende liberar al exterior todo lo benévolo, complaciente, magnánimo, noble, complaciente, cándido, filántropo, generoso, bueno de sí misma, de mi mismo, y que finalmente decide ponerte la zancadilla, declarándose en huelga indefinida y con  la frase “vuelva usted mañana” da la vuelta y cierra tras de sí. En ese momento la neblina de indecisión cubre sepulcralmente el ente razonable, dando lugar a un pobre paralítico mental, sin más ambición que ver el siguiente día sin ensuciar aún más la almohada. Pero se acabó. Cuando la guerra la luchas contra ti mismo, tienes la ventaja de conocer al enemigo. Y la piedad no existe. No hay más que mirarse al espejo del yo, al alma, y observar adonde queremos ir a parar con todo esto. Cuando sonríes, te alborozas y tus perlados dientes vuelven a brillar de satisfacción sobre el fuego del miocardio sabes que has colocado tus tropas en el lugar adecuado, París ha sido tomado y ya es solo cuestión de tiempo. Ya no hay vuelta atrás. No hay que tener miedo a ganar.

Algo he aprendido en estos meses de sequía literaria, yo no quiero seguir así, no quiero ser así. Quiero ser el máximo exponente de mi mismo. Quiero ser feliz.