24 de agosto de 2009

Nada nuevo está escrito

Nada nuevo está escrito. Palabras viejas llenas de desesperanza. Desalentadoras, agónicas, muertas ante la desidia de un joven cuerpo que envuelve entre hilos un decrépito corazón. Llorando las últimas gotas del deseo sustancial, provocando el inevitable resbalón a su regreso. Sólo caer, nacido para caer. Un sino cuestionable y sin embargo asolado por la determinación del futuro escrito. Sin querer segunda oportunidad, sólo caer de nuevo, levantar, y recorrer los mismos pasos hasta el mismo charco acrecentado por propios efluvios. Disfrutando la propia marginación emocional, provocación a golpe de espuela y tesón. Disfrutando cada palmo de lo que un día fue el más grandioso logro jamás alcanzado. La esperanza de cada ser humano. La mayor de sus locuras. Lo que fue y sueñas cada minuto sonámbulo. Lo que se trata de olvidar a golpe de sustancia etílica y declive emocional. Lo que pudo ser verdad y al mentir el viento trabajó. Y disfrutas, como niño al traspasar la alambrera espinosa que le enfrenta a horribles fantasmas animales, con instinto, sin maldad, disfrutando cada perla de sudor que nace entre las estrías de tu frente. Y disfrutas, enjugando tus lágrimas entre algodón vacío que hace las veces de almohada. Y disfrutas, al ver pasar espectros memoriales recordando que cada paso dado desde el álgido momento de tu felicidad fue un computo de nefastos desastres, uno tras otros, como dominó dominado por el mayor ingenio del mal. Y disfrutas, mientras un neón resplandeciente bajo tu ventana refleja tu solitaria sombra bajo tu hastiado cuerpo. Y disfrutas, mientras serpenteando los escasos metros que te distancian de la puerta de la cocina, arrastras lo poco que queda de energía para llegar a media botella vacía de vodka, que no medio llena. Y disfrutas, al escupir tus palabras contra el viento, con fuerza absurda y poca credibilidad. Y disfrutas, al soñar sueños prohibidos por tu racionalidad narcótica en graznidos de perugrullo que algún día sonaron a discurso marxista. Y disfrutas, mientras la voz destrozada de Kurt atraviesa las pocas neuronas valientes que aguantaron la última batalla contra la ignorante lucidez. Y disfrutas, exhalando virutas de humo de tu solitaria boca, buscando un suicidio circunstancial, que temiblemente esperas entre años de plenitud solitaria. Y disfrutas los detalles antagónicos que el ego corrupto procura sonsacar en minutos de inexistencia maldita. Cada átomo corrompido disfruto a mi alrededor, como hojas de otoño, chispas en el viento. Disfrutas aniquilando cada vestigio de felicidad, encarcelada en pozos de ambición, sin una polea con cuerda. Procuras ahogar un pez en agua, con dos hilos y un pedazo de limón. Para cuando el placer ha decidido hacer el petate y no mirar atrás, las ojeras de desconsuelo alcanzan el ombligo, y la cara de impotencia es sólo una mueca para el divertido transeúnte. Un mimo bajo la nieve al que echar un puñado de calderilla para alegrar la tez de un niño caprichoso. Queda inhalar el humo de tu propia sesera ardiente en fatuo destino, sin coraza ni corcel, apenas un enjambre desorganizado de músculos descompuestos logrando mantener tambaleante un cuerpo ya muerto. Un olvido apuñalado dos veces menos veinticuatro, por los que creía sus aliados, por su propia sangre gestada tras suplicios de letanía incoherente, por su propio legado, que ahora ve marchar envuelto en júbilo, mientras las vísceras hacen su aparición entre las vetustas heridas expuestas a un sol incansable. Como disfruto. Un economista liberal gritando a su propio eco entre los centenares de metros de su solitaria propiedad no disfrutaría tanto. Ni un tuberculoso romántico dejando sus palomas volar no disfrutaría más. Ni un traicionado social apretando el gatillo de un resplandeciente trozo de metal con dirección directamente proporcional a su conducto de exasperación, dentro de los recónditos escondrijos de lo que un día pudo llamar su hogar, podría disfrutar más. Ni un ser alado que propicio la revolución más sonada de la historia celestial, con consecuencias testimoniosas, dando mucho en que pensar, podría disfrutar más. Nadie puede alcanzar el júbilo de placer que puedo lograr alcanzar mientras rezumo en mis propias palabras vacías, repletas de odio propio, de suplicio propio, de asco. Palabras vacías, nada más que eso para el resto de extasiados que rondan la creación. Solo eso. Escrito por manos nuevas bajo viejos sentimientos. Nada nuevo que contar. Nada que ya no se haya leído. Cero expresión lingüística que no hayas tenido el infortunio de contemplar entre otras líneas de papel. Nada nuevo que no se haya escrito.

17 de agosto de 2009

Disturbios a las 11 de la noche

La autodeterminación del ser humano puede llegar a ser algo de lo más desconcertante. Uno procura, en su día a día, en su compendio de sucesos que llenan poco a poco el vacío de la razón, en la toma de cableados que normalmente detonan la bomba, en la escalera de sentimientos que raramente conduce al piso superior, ser el máximo exponente de uno mismo, ser feliz. Sin embargo, a lo largo de cada giro de rotación, te sientes embaucado, me siento incauto, por la propia mente que pretende liberar al exterior todo lo benévolo, complaciente, magnánimo, noble, complaciente, cándido, filántropo, generoso, bueno de sí misma, de mi mismo, y que finalmente decide ponerte la zancadilla, declarándose en huelga indefinida y con  la frase “vuelva usted mañana” da la vuelta y cierra tras de sí. En ese momento la neblina de indecisión cubre sepulcralmente el ente razonable, dando lugar a un pobre paralítico mental, sin más ambición que ver el siguiente día sin ensuciar aún más la almohada. Pero se acabó. Cuando la guerra la luchas contra ti mismo, tienes la ventaja de conocer al enemigo. Y la piedad no existe. No hay más que mirarse al espejo del yo, al alma, y observar adonde queremos ir a parar con todo esto. Cuando sonríes, te alborozas y tus perlados dientes vuelven a brillar de satisfacción sobre el fuego del miocardio sabes que has colocado tus tropas en el lugar adecuado, París ha sido tomado y ya es solo cuestión de tiempo. Ya no hay vuelta atrás. No hay que tener miedo a ganar.

Algo he aprendido en estos meses de sequía literaria, yo no quiero seguir así, no quiero ser así. Quiero ser el máximo exponente de mi mismo. Quiero ser feliz.

17 de enero de 2009

Un pedazo de noche de viernes

Un momento. Un suspiro. Una imagen. Un sonido. Un recuerdo. Un olvido. Cuerpo tendido en una quejumbrosa pared, pintada de sueños por un artista anónimo, con delicada pasión y entrópica armonía. El concepto tiempo se disuelve como la nieve encima de la tez de un joven olvidado por primera vez. Ojos nublosos y cerebro pastoso se disponen a trabajar como socios reconciliados, con un propósito mayor a sus propias rencillas. El oído procura su aporte, filtrando las pocas ondas armónicas capaz de captar. La melodía de música lejana ambienta el espectáculo, teñida con trompetas melancólicas y bajos compases. Los esperpentos fantasmagóricos le procuran poca atención, simplemente entonan en coro el himno revolucionario que su creador quiso enfatizar con un sencillo estribillo, fácilmente reconocible, fácilmente olvidable. Un baño de luces tenues, proveniente de un viejo candelabro enredado en una viga de madera rústica, envuelve las sombras con papel dorado, sirviendo en bandeja la ilusión solemne de un altar fúnebre. Dos miradas, clavadas como estandarte en la cumbre, no atienden al griterío soporífero que circula a su alrededor. Sonrisas y pupilas dilatadas. Un pelo en la mejilla amaestrado delicadamente por su siamés risueño. Un cuerpo par, sustento por cuatro piernas, invocando las llamas del cielo con cada uno de sus lentos contoneos. Aplastado contra la entrópica armonía, con delicada pasión. Sus aliadas sombras resuelven su intimidad, otorgando el placer de no ser molestado, y solo gozar de ese pequeño pedazo de universo, creando el suyo propio. Hermoso y trágico para el espectador. La tez se comprime y se desvía la mirada. Ojos y cerebro han vuelto a porfiar y el trato se ha roto. Oído vuelve a la cama, intentando no colerizar debido a sus ruidosos vecinos. El concepto tiempo entra por la puerta, se quita la chaqueta y vuelve a entablar conversación infinita con los invitados. Me percato del pedazo de cristal que sostiene pacientemente mi brazo, concretamente en el fresco néctar de traición que palpita en su interior. Brazo coge la seña, y lentamente se quiebra para darme el consuelo irrisorio. Todo oscurece. Queda un recuerdo. Queda un olvido.

12 de enero de 2009

Los 7 absorvidos

Me encanta vivir en una ciudad nevada. Obviando el evidente problema glacial, claro. El blanco tiene un poder espectral, místico e incluso piadoso. Posee el poder de reflejar cada uno de las diferentes longitudes de onda integradas en el espectro electromagnético que el ojo humano es capaz de sentir. Aunque paradójicamente, consiste en una mezcla de todas ellas. Ahí radica su poder, como la ilusión del gran mago, sonriente y embelesador, mostrándonos una realidad alterada que se nos presenta mágica, mientras entre bastidores solo presenciamos un mero tejemaneje de posibilidades físicas y psicológicas adulteradas a placer, para sólo mostrar lo hermoso, lo irreal. De esta manera, asomarse y contemplar el manto fantasmagórico, donde la marquesina era color depresión, alivia la mente. Los extraños rincones guturales no provocan somnolencia apática. Se escrutan con mayor ahínco, encontrando una inusitada vehemencia difícil de imaginar sin la brujería de magia blanca. El aura que rodea cada elemento vivo se vuelve más enigmático, y el paisaje se hace uno, todo bien conjuntado, sin falla ni catetismo, un extraño orden en calma. La controversia, los errores, la indiferencia y poca simpatía, el individualismo extremo, aún más potenciado por la jodida barrera de Babel, la oscuridad bajo el sol, la alegría entre nubes de nostalgia agria, las miradas vacías, los chirridos metálicos acompasados con chispas demoniacas que abren su paso, la pasividad, las caricias secas; todo ello desaparece momentáneamente, y el prisma se voltea hasta una perspectiva más que agradable, feliz. Es un truco, lo sé. Detrás la maquinaria no ha parado, los gastados engranajes siguen funcionando, aún sin una buena dosis de aceite virgen, sin embargo me encanta disfrutar del espectáculo, sentado y con una buen licor on the rocks frente mi mano, y no cotillear entre bastidores. La silla está jodidamente fría. Pero me encanta.

26 de diciembre de 2008

Alabad el libre albedrío

Sobrevolando el mar Adriático, mientras contemplo el oscuro vacío más allá de la ventanilla en la plaza 23 del Boeing más número a elegir, que personalmente defino como compartimento metálico para rebaño humano de bajo coste, me envuelve la empatía con este inválido paisaje, un vacío existencial sobre el posterior devenir de los acontecimientos en esta, mi cojonuda existencia. Puedo ser más que repetitivo al hacer mella, con sacacorchos y sin pañuelo, en esta triste desazón que corrompe los bellos sentimientos que intentan aflorar bajo mi pericardio, cual flor que se procura un porvenir entre las grietas de las tejas. No me disculpo, ya que aún no me han devuelto la Desert Eagle encasquillada que mandé reparar, y no puedo obligarles a disfrutar de mis escritos al estilo americano. En cualquier caso, todos sabemos lo que es “sufrir” de esta obsesión por los años venideros, y por que sendero es más sencillo llegar a Oz. Sin embargo, antes de embarcarse en ideas de romanticismo tardío o de generación X, es preferible asumir que este “sufrimiento” a tener que sufrir realmente como miles de seres humanos que no pueden disfrutar de nuestro “sufrir” pues no tienen más elección en la vida que seguir el camino marcado de la supervivencia. No es necesario recorrer miles de kilómetros hacia cualquier punto del globo, aunque pudiera serle más que recomendable a más de un señor bigotudo que llena su boca de la burda verdad del ignorante. Personalmente, encuentro testimonios vivientes entre las hermosas paredes de mi hogar parental. Cada vez que la crisis existencial hace su aparición en la entrada de mi sosegada cabezota, sin invitación previa y sin presente para el inquilino, abro la caja de música para que retumben en las paredes de mis temporales las sabias palabras de mi santa madre: “aprovecha cada oportunidad que te brinde la vida hijo, cuando fui pequeña, a los 7 años, me sacaron llorando de la escuela para trabajar y cuidar de mis hermanas. Ahora tenéis todas las oportunidades en bandeja.” Da que pensar, sin duda. Lo curioso es que más de uno no piensa en sus dudas. Sólo se queja. A veces pienso en la gente que luchó, y que lucha, por el simple hecho de disfrutar del libre albedrío, que dios nos concedió, como diría un católico liberal. Y siento como se tiran a la basura años de sudor y sangre. Probablemente a más de uno le viniera bien una buena ración de represión, previo pago en caja. Esto provocaría la lucha por sus derechos como mamífero con pulgar oponible y teléncefalo altamente desarrollado, y saborearía cada pequeña elección que transcendiese en su existencia, como perlas de ambrosía que gotean de las barbas de los gulosos dioses. El “sufrir” se transforma en bendición, y cada elección ya no es un reto. Es una placentera travesía con la que deleitarse en cada error y en cada acierto.

17 de diciembre de 2008

Sino lo pongo reviento

Os linko a esta página porque no soy capaz de subir los endemoniados gif animados (si, lo se)

Visto en escolar.net

16 de diciembre de 2008

Dos sabores

Dos sabores. Cada cual mejor, deliciosamente cremosos y con un dulce sabor armónico que provoca la inexistencia de cualquier turbulencia del espacio que se produzca más allá de la conexión entre mis papilas gustativas y las neuronas cerebrales que identifican ese estímulo como “esto es la ostia”. Ahora empieza el problema. Veo volar el momento de placer inconsciente y contemplo ensimismado como mi estúpido carácter evaluador vuelve de nuevo a instalarse en el trono vacío de mi cerebro, limpiando con un pañuelo blanco cualquier resto de satisfacción que pudiera quedar de la precipitada visita de la lujuriosa amiga inconsciente. Y empieza la duda ¿cuál de los dos sabores es mejor? Ja, cual es mejor. Como si realmente en ese momento eso importase. Pero importa. A mi maldito carácter evaluador le importa, y el muy cabrón se ha hecho el amo del cotarro y no le apetece desaparecer. Es más, ha decidido instalarse ahí hasta que tome una decisión. Y ahora empieza el esperpéntico juego de luces y sombras, donde contextualizamos nuestras percepciones dentro de un marco numérico que proporcionará el valioso resultado final, sin posterior ronda de quejas al profesor. El resultado final se verá elegido por un compendio de diferentes evaluaciones objetivas y subjetivas que en ese momento propicien más a uno u otro sabor, así como la limpieza de la cuchara, la situación estomacal del sujeto o incluso el diferente alineamiento planetario que provoca una mayor atracción gravitatoria hacia las moléculas que rodean nuestro estrambótico cuerpo. Pero eso no importa. Lo único que importa es que de nuevo he dejado pasar un momento de placer extremo, resultado de un duro día de llamadas de teléfono, antihistamínico y debacles emocionales, en el cual el mero hecho de sentarme junto a la ventana viendo atardecer mientras disfrutaba de un helado de dos sabores, podía salvar estas 24 horas de diciembre. Finalmente, mi estúpido yo llamó a la puerta. Cualquier persona en sus cabales, con una vida dentro de los parámetros normales dictados por el capitalismo occidental seguramente este pensando que esta sarta de gilipoyeces no le ocurren ni a un chaval de cuatro años. Tal vez no esté en esos parámetros. Tal vez no tenga edad cerebral mayor a la de un niño de cuatro años. Tal vez sea un estúpido indeciso en un mundo de decisiones rápidas. Lo único que creo saber es que cuando extrapolo esta experiencia con el maldito helado de dos sabores a mi vida rutinaria, contemplo una vida de insatisfacción. Y eso no me gusta amigo. Me gusta disfrutar. Tal vez me decida por intentar eliminar a ciegas las malditas conexiones sinápticas que provocan estas ideas. Sí. Voy a volver a intentarlo con esta botella de vodka que ha venido a buscar calor mamífero bajo mis pies. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?